Mis relatos acerca de la visita que hice con mis padres al Observatorio de Ampimpa a los 10 años fueron tan reiterados y enfáticos que logré que un quinto de mi prole, es decir uno de mis hijos, se entusiasmara con la idea de hacer una expedición a ver los cielos y pasar la noche en las cabañas del complejo. Ese entusiasmo de adolescente de 15 años se manifiesta por lo general con una marcada expresión de indiferencia, pero no hay que confundirse. La fisonomía adolescente es un arte, no una ciencia. Así que bajamos en la ruta donde empezaba ya el periplo, al lado del cartel “Ampimpa”. Una mirada de agradecimiento que no se debe confundir con la resignación, aunque se parezca en esos casos, brotó del retoño.
Los tucumanos tenemos dos formas cultas de exagerar la lejanía, el extravío o la pérdida definitiva: la “loma del pila” y “Ampimpa”. A los detractores los mandamos ahí; lo que ya damos por perdido, también. Lugares mitológicos, salvo por un detalle incómodo: existen. Estoy en Ampimpa. Hay algo en la letra “pe” que atrae insultos e hipérboles, pero esto no es lingüística. Ampimpa no exagera. Es mucho.
El camino es una pendiente que comienza en la ruta. Los carteles señalan que estamos en un trayecto cósmico. Empieza con el big bang, hace 13.800 millones de años, y termina 400 metros más arriba, en el observatorio y con la aparición del hombre. El guía hace paradas piadosas en cada hito cosmológico y explica de tal manera que no sea un cansancio científico digamos. No sé si hay antecedentes de esta filosofía: matizar la subida explicando el origen del universo.
Primeros avistajes.
Si uno tiene sed, es el único lugar del mundo donde hay Pepsi o Coca, Seven o Sprite, al precio de su temperatura mal llamada natural. El contingente cumple con el canon: turistas nórdicos, familia de Buenos Aires, un hombre solo y un padre y un hijo que se llaman igual.
Yo había estado aquí en 1986, cuando pasó el cometa Halley. Ese día el Halley miraba hacia Ampimpa: la cola -las colas- quedaban detrás de la esfera, así que era lo mismo que mirar cualquier otra cosa. El cometa de Giotto, el Halley de mi bisabuela visto en 1910, era apenas un punto más. Esta vez no venía por el cometa. Venía por revancha contra el cielo entero.
Cenamos bien. Pero luego llegó el diagnóstico astronómico: nublado. Había que ir a dormir y esperar. El cielo se me volvía negar. A las 4 de la mañana golpean la cabaña -un lugar que a Van Gogh le habría gustado para el fondo de sus zapatos- y salimos. El cielo se había abierto. Abierto en serio: no un masacote de estrellas sino puntos distintos, irreductibles, visibles sin teoría. Una inmensidad clara.
Recordé a Antonio Porchia: “sí, son millones de estrellas. Y millones de estrellas son dos ojos que las miran”. Las estrellas y los ojos se empanzaron unos y otros. Soles dobles, nubes, galaxias. Saturno era una pintura suya.
El guía nos recordó a los pioneros del cielo. Pensé en que el hombre tiene esperanza si pudo hacer tantas cosas, desde el fuego y la rueda al telescopio. Y ahí apareció la enseñanza y la advertencia.
El telescopio grande necesitaba una escalera enorme, tipo avión, pero más corta. Pesadísima. El asunto es que le faltaban las ruedas. El astrónomo debía levantarla, arrastrarla, hacerla caminar mientras hablaba de nebulosas. Una proeza física y moral. Siempre fiel a la institución: “disculpen el ruido, a alguien se le ocurrió sacar las rueditas”. Cada movimiento era una prueba de hasta dónde puede llegar la humanidad y, al mismo tiempo, lo otro.
En dos turnos, Francisco (tal era el nombre de nuestro guía celestial) nos reveló los secretos del cosmos pagando el precio de mover el mastodonte como si fuese su castigo prometeico. No nos dejaba ayudar; su voz seguía explicando como quien escucha a un ciclista en subida.
A las 10 vimos el sol con el otro telescopio, que es fijo. Francisco estaba feliz de que su suplicio hubiera terminado. Nos despachó calurosamente, era otra persona. Bajamos caminando por la ruta viendo los carteles de la historia del universo en reversa, con una gran historia nosotros también. Una sonrisa de verdad de mi hijo fue la confirmación de que al final de cuentas todo marcharía sobre ruedas.